“YO NO TENGO ESTILO”, DICE ELLA
—Yo no tengo estilo —dice.
La miro. Y pienso exactamente lo contrario.
Su cabello comunica.
Sus rasgos comunican.
Su cuerpo, su altura, sus manos, incluso la manera en que se mueve y ocupa el espacio, comunican.
No me dicen automáticamente cómo debe vestirse.
Pero dejan pistas. Proporciones, líneas, escalas, contrastes, texturas.
Y después están las otras pistas: lo que elige una y otra vez, aquello que rechaza, las prendas en las que se siente cómoda, las que admira en otras personas pero nunca consigue hacer propias.
Todo empieza a formar un lenguaje.
Por eso no creo que alguien “no tenga estilo”.
Puede no haberlo identificado.
Puede estar ocultándolo detrás de tendencias que no le pertenecen, compras equivocadas o una imagen construida tratando de parecerse a alguien más.
Pero algo permanece.
A veces silencioso.
A veces bastante escondido.
Esperando ser reconocido.
Y hay un momento muy particular durante una asesoría.
Las piezas empiezan a acomodarse.
Aparece una imagen.
Y la persona dice:
—Sí. Esa soy yo.
O, algunas veces:
—Le atinaste.
Pero no le atiné. Observé.
Observé el rostro.
Observé las proporciones.
Observé la manera de moverse.
Observé sus elecciones.
Escuché lo que decía que le gustaba y también aquello que nunca hubiera elegido.
Y después volví a observar.
A veces reconocer ese lenguaje ocurre rápidamente.
Otras veces toma más tiempo.
Pero la constante es la misma: estaba ahí.
Para mí, descubrir el estilo se parece menos a inventar una persona nueva y más a armar un rompecabezas cuyas piezas siempre estuvieron sobre la mesa.
Una por una encuentran su lugar.
Hasta que aparece una imagen que no se siente impuesta.
Se siente familiar.
Y quizá por eso la reconoces inmediatamente.
Porque no acabas de convertirte en alguien diferente. Acabas de reconocerte.
CONOCER LA PROPUESTA
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