¿Y SI ME LOS REGRESAS?

Los vi y me gustaron inmediatamente.

Negros, informales, buena marca, buen diseño, tacón ancho y una pulsera que se enroscaba alrededor del tobillo.

En teoría, tenían todo para funcionar conmigo. Los compré.

Y empezó el problema.

Me los ponía. Me gustaban. Caminaba un poco. Me miraba. Y había algo que no terminaba de convencerme.

No podía explicar qué.

Así que hice lo razonable:

dejé de usarlos.

Tiempo después se los di a mi mamá. Se los probó.

Y entonces ocurrió algo bastante inconveniente: me encantaron en ella, tanto, que recurrí a esa confianza que sólo existe con una madre y pregunté:

—¿Y si me los regresas?

Volvieron conmigo.

Me los puse.

Me gustaron. No me convencieron. Me los quité.

Otro día repetí el experimento. Mismo resultado.

Después de varias vueltas, los llevé nuevamente con mi mamá, esta vez con la intención de no retractarme.

Pero me quedó una pregunta:

¿por qué el mismo zapato me encantaba en ella y no terminaba de gustarme en mí?

Y entonces dejé de mirar el zapato como un objeto aislado.

Miré la relación.

El tacón era ancho. La pulsera tenía presencia.El diseño tenía cierto peso visual.

En la estructura y escala de mi mamá, esos elementos parecían integrarse.

En mí, no de la misma manera.

Ahí entendí algo que después encontraría muchas veces en ropa, accesorios y zapatos:

que algo sea bonito no significa que tenga la escala adecuada para nosotros.

Un tacón puede ser magnífico y sentirse demasiado pesado.

Un arete puede ser precioso y llegar antes que el rostro.

Una bolsa puede enamorarnos en el aparador y parecer enorme cuando la llevamos.

El objeto no cambió.

Cambió la persona con la que estaba relacionado.

Y eso explicaba perfectamente aquellos zapatos.

No estaban mal. Tampoco era que hubieran dejado de gustarme.

Me gustaban muchísimo.

Sólo que había una pequeña diferencia entre:

“me gustan” y “me gustan en mí”.

Desde entonces presto mucha más atención a esa diferencia.

Porque cuando la escala, las proporciones y el diseño empiezan a conversar entre sí, ocurre algo muy sencillo:

dejamos de pensar tanto en la prenda o el accesorio. Simplemente nos lo ponemos. Y funciona.

Aquellos zapatos encontraron finalmente a su dueña. Sólo que no era yo.

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“¡QUE PASE EL DESGRACIADO!”